.
.
La ciudad de Potosí está presidida por El Cerro Rico (Sumaj Orcko en quechua, que significa cerro hermoso) que tiene 4.800 m de altura y se hizo famoso en la época colonial por tener las vetas de plata más importantes del mundo. Se pueden visitar todavía las minas en funcionamiento, aunque la experiencia nos resultó bastante desagradable a todos los que íbamos, por distintos motivos.
Me habían recomendado verlas y por eso, no dudé en apuntarme y animar a Carme y a otro chico del hostal, que ya antes de entrar en la mina se empezó a encontrar bastante mal a causa del soroche -mal de altura provocado por la falta de oxígeno- y quedó fuera de juego durante dos días. A nosotras no nos afectó tanto, nos costaba caminar y hablar al mismo tiempo, dos actividades al parecer tan compatibles, aunque llevábamos ya unos días por allí y parecía que estábamos más adaptadas.
Además de la dificultad del oxígeno, más evidente incluso en el interior de la mina, estaba la del equipamiento: unas inmensas botas de pescar, un casco de minería y una especie de lanzallamas con el que iluminar nuestros pasos en el interior, que llevaba en la mano derecha. El túnel era del tamaño de una madriguera y, por si avanzar con mi altura y de esa guisa no fuera suficientemente complicado, la mano izquierda la llevaba ocupada con los obsequios que según la costumbre, se le entregaban a los mineros: hojas de coca y dinamita. La sensación de claustrofobia era tremenda y se escuchaban detonaciones muy próximas, que hacían vibrar toda la mina, lo que además de surrealista me pareció una auténtica imprudencia.
Tardé menos de diez minutos en dar media vuelta, mirar si se veía todavía la luz de la entrada y apresurarme en salir, como si escapara de la mismísima Caverna de Platón. Había un mundo exterior, fuera de la mina, y era el que me interesaba. Además, me rebelé a ser espectadora de las condiciones infrahumanas en las que vivían y trabajaban aquellas familias que vivían dedicadas a la explotación de la mina, las mismas de hace quinientos años, alucinada del peligro al que estaban expuestos tanto ellos como nosotros, los visitantes.
El guía me persiguió, intentando convencerme de volver, pero le dije con determinación: «¡Me da igual! No quiero hacer la visita, de verdad, ¡os espero fuera!». Carme salió media hora más tarde, pálida y afectada por la experiencia completa, como si saliera del túnel del tiempo y diciendo: ¡Qué bien lo has visto! ¡No sabes de lo que te has librado! El malestar que le produjo la cueva le duró varios días, en los que ni siquiera quería utilizar la ropa que había llevado aquel día, la única de abierto que tenía, como si vestirse así le hiciera revivir la experiencia.
.
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.
El segundo día que estuvimos en Santa Cruz de la Sierra, tuvimos ocasión de familiarizarnos con otro hecho sorprendente, esta vez relacionado con la climatología: el surazo, un viento del sur procedente de la Patagonia Argentina que alteraba totalmente las excelentes condiciones climatológicas de la zona. Los lugareños nos lo habían advertido: «Cuando sopla el surazo, hace más frío en Santa Cruz que en el altiplano», y no exageraban ni un ápice…
Resguardarnos del surazo, fue un buen pretexto para probar la gastronomía local: cuñapés -empanadas de arroz, queso y pollo- y zumos de chicha de maní, somo y moco chinchi. También nos llevamos algunas delicias para el largo trayecto hasta la Chiquitanía, que haríamos esa misma noche (pag. 157, «Pasaporte a la Reinvención»).
La zona de las Misiones Jesuitas, en la región del Gran Chaco, es una muestra del sincretismo cultural propio de la región, donde convive la cultura originaria de los nativos chiquitanos, con la importada por los jesuitas, en el punto de unión entre las cuencas del Atlántico y del Pacífico. Allí conocimos el saludo guaraní, “Ame tauna” -que significa “bienvenido”, y un territorio que te transporta a otros tiempos -los de la evangelización- y está catalogado en buena parte como Reserva de la Biosfera y en otra, como Patrimonio de la Humanidad, por su riqueza biológica, cultural y étnica.
Hicimos un recorrido de siete localidades que se conoce como la Chiquitanía: San Javier, Concepción, San Ignacio de Velasco, Santa Ana, San Miguel, San Rafael y San José de Chiquitos. Acercándonos a algunas ellas para recorrer los minúsculos pueblecitos y sus iglesias, siempre coronando la plaza principal y todas muy diferentes. Era tiempo de elecciones y muchas personas estaban permanentemente conectadas a los debates políticos de la televisión, que mostraban la rivalidad entre las dos personalidades principales que conviven en el país –cambas y collas.
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.

Decidí marcharme a Bolivia después de mucho darle vueltas a los horarios de autobús… Seguía en Salta y las circunstancias recientes que habían rodeado mi viaje, me habían obligado a quedarme por los alrededores durante más de un mes. De alguna manera, había perdido ritmo, o quizá sea más preciso decir que había convertido mi estancia en el Norte de Argentina en mi Zona de Confort.
Me había sentido cuidada y atendida, por eso me costaba dejarla atrás para atravesar la frontera de La Quiaca a Villazón. En cuanto tomé conciencia de que eso era lo que me ocurría, salí a comprar el primer boleto que encontré hacia La Quiaca, adónde me dirigí esa misma noche.
Hice un largo recorrido, porque tenía previsto encontrarme con una amiga de Barcelona, en Santa Cruz de la Sierra cinco días más tarde, y para llegar a tiempo, debía cubrir una distancia enorme, que decidí realizar en dos etapas, descansando tres noches en Sucre.
Bolivia es un país con una gran diversidad de ecosistemas y, aunque se considera predominantemente andino o altiplánico, posee una gran extensión de territorio amazónico, de valles interandinos y una región que pertenece al Gran Chaco -el territorio forestal más extenso de América del Sur después del Amazonas- que comparte con Argentina, Paraguay y Brasil. Al llegar a Santa Cruz de la Sierra (ver imágenes), pude notarlo perfectamente. Estaba en un territorio totalmente diferente, de aspecto colonial y tropical. Era el territorio de los cambas, muy contrastado con el de los coyas (o collas), que son los bolivianos del altiplano:
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.
Chiloé es un lugar misterioso, plagado de leyendas. Nada más llegar a la Isla Grande (ver fotos aquí), en la plaza principal de Ancud, vi que estaban representados en pequeñas esculturas algunos de los peculiares personajes des esas historias de las que tanto había oído hablar:
EL CHUCHIVILU: cerdo con extremidades de culebra destructor de corrales de pesca. Habita en pantanos y lagunas, cerca de las aldeas. Durante las noches se alimenta de peces y mariscos. Contagia el agua y la arena produciendo sarnas.
EL TRAUCO: especie de duende que mide ochenta centímetros y vive en los bosques. De aspecto desagradable, forzudo y capaz de tirar un árbol a hachazos. Se viste de bambú y lleva un hacha en la mano. Ama a las mujeres y odia a los hombres, a quienes tuerce a distancia con sólo mirarlos.
LA FIURA: mujer de excesiva fealdad, esposa del Trauco, que vive en el bosque especialmente cerca de los pantanos. Siempre hace el mal, tanto a los humanos como a los irracionales, torciendo e idiotizando con su aliento.
EL BASILISCO: ser con cresta de gallo y cuerpo de culebra, nacido del huevo de una gallina vieja o gallo colorado. Habita en cuevas invisibles que se hace debajo de las casas y se alimenta de las flemas de sus moradores que en consecuencia, se secan y mueren.
LA VIUDA: mujer alta y delgada, vestida de negro. Aparece por las noches en busca de hombres, atrayéndolos con su aliento. Los abduce y se los lleva a su morada, donde aprovecha para satisfacer sus deseos amorosos.
EL IVUNCHE: ser que camina con las manos y una pierna, ya que lleva la otra pegada a la espalda. Es el portero de las cuevas de los brujos y se nutre con leche de gata negra. Se comunica con extraños sonidos guturales y alaridos terroríficos.
LA PINCOYA: diosa marina y de la fertilidad de extraordinaria belleza. En las noches de luna llena suele salir a orillas de la playa y danza de una forma frenética que es capaz de enloquecer hasta los peces, de ella depende la abundancia o escasez de los frutos del mar.
LA SIRENA: doncella muy bella de encanto irresistible, se diferencia de La Pincoya en que posee cola de pez. Hechiza a los hombres y los transporta al fondo del mar, donde habita. Los elegidos no regresan a la tierra, recibiendo a cambio inmensas riquezas.
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.
Puerto Montt me pareció gris, decadente y no me sedujo en absoluto, a pesar de que su nombre siempre me había resultado sugerente. Quizá fuera porque llovió durante todo el tiempo que estuve allí, una densa cortina de esas que empapa, y por el intenso olor a humedad del hotel, y de cada lugar… Durante mi estancia allí, me refugié en el puerto pesquero de Angelmó, la única nota de color de la ciudad. Eso fue lo que más disfruté, junto con mi primer curanto, una especialidad culinaria local -originaria de Chiloé- que sí consiguió conquistarme. Una mezcla de mar y montaña, que se cocina enterrada en brasas, lo que le da un exquisito sabor ahumado muy peculiar. Mejillones, almejas, chorizo, tocino ahumado, pollo, chapalele y micao, un contraste de sabores que me pareció de lo más sabroso.
El chapalele es una especie de torta hecha de patata cocida y harina, y el micao es muy similar, pero elaborado con patata cruda, lo que le da un color más oscuro. A continuación podréis ver cómo se prepara el curanto al hoyo:
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.
En mi deambular por la Patagonia Chilena (Carretera Austral) y por la Patagonia Argentina (R40) me sentía ávida de información sobre la zona y quizá por eso, me fui encontrando viajeros y pobladores ilusionados por contarme historias y realidades contemporáneas que despertaron mi curiosidad; como las de la Estancia Huinay de Douglas Tompkins o las de la compra de gran parte del Territorio Mapuche argentino por parte de Benetton.
En el Café Ricer de Coyhaique, mientras esperábamos la micro extra que los carabineros habían reservado para el grupo, conocimos a Carolina, una chilena que viajaba sola y con la que enseguida congenié. Ella fue la que me habló de Douglas Tompkins, un ecologista multimillonario propietario de extensos territorios en la zona (§I: pág. 92). Había sido el fundador de la firma ESPRIT de ropa de aventura, empresa que se convirtió en su propia escuela antiglobalización y de la que acabó vendiendo su participación para apostar por su leyenda personal: pasar a la historia como mecenas de la naturaleza, entregado a sus santuarios ecológicos.
Tompkins posee trescientas mil hectáreas en la región austral de Chile, en lo que se conoce como Parque Pumalín, una de las mayores reservas del planeta. Las tierras del multimillonario ocupan una amplia franja de terreno desde la cordillera de los Andes hasta el Océano Pacífico, que son los límites naturales de Chile. Tompkins llegó a formalizar una oferta a la Universidad Católica de Valparaíso para ampliar su territorio en 32 mil hectáreas por la compra de la Estancia Huinay, pero la operación fue bloqueada por el gobierno democristiano de Eduardo Frei, cuando estaba a punto de cerrarse. Los militares chilenos, observaron que sólo le faltaban las 32 mil hectáreas de esa estancia, para dividir el país en dos si lo deseaba y calificaron de amenaza a la seguridad nacional que un territorio tan extenso estuviese en manos privadas. ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Ángel o demonio?
La realidad es que fue la empresa española Endesa fue la que efectuó la compra, ante la insistencia del gobierno chileno. Una operación con la que la eléctrica esperaba compensar la pérdida de imagen que le había supuesto el conflicto con las comunidades mapuches del alto Biobío, al construir la presa hidroeléctrica de Ralco.
Los mapuches, a quienes los españoles nunca consiguieron someter, empezaron a sufrir la invasión de su territorio con el nacimiento de los estados argentino y chileno, a finales del siglo XIX. Fue entonces cuando se ocupó y dividió su territorio ancestral, el Wallmapuche. Cuando recorría la Ruta 40, supe un poquito más sobre la historia contemporánea del Territorio Mapuche, esta vez del lado argentino ( §J: pág. 94) .
En 1991, Benetton compró la legendaria CTSA -Compañía de Tierras Sud Argentino- por cincuenta millones de dólares. La empresa, de capital inglés, fue durante casi un siglo una de las propietarias de la Patagonia Argentina, desde que concluyera la Conquista del Desierto, nombre que usó el Estado Argentino para designar al plan de ocupación y exterminio de indígenas en la zona a finales del siglo XIX. Eran novecientas mil hectáreas distribuidas en seis inmensas haciendas, por todas las provincias patagónicas, dedicadas a la cría de ovejas para obtención de lana, una explotación tradicional.
El mal sueño de esta explotación del territorio mapuche, se ha ido renovando con los tiempos y llegó a su máxima expresión tras la devaluación del peso, momento en el que estas tierras se podían adquirir por internet a precio de ganga. Los pobladores aseguran que harán valer sus derechos y que el final de esta historia todavía no ha sido escrito.
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.
Subí por la parte patagónica del continente alternando la Carretera Austral chilena y La Ruta 40 argentina, ambas al borde de lo imposible y con idéntico poder de seducción.
Empecé reanudando el recorrido terrestre hacia el norte por la mítica Ruta 40, justo donde comienza -cerca del Chaltén- para continuar por la Carretera Austral y seguir disfrutando del contraste entre países, tanto en la ruta como en las vivencias, una experiencia que no me decepcionó.
La 40, es la única carretera que discurre próxima a los Andes en aquellas latitudes y es utilizada incluso por los camioneros chilenos cuando no hay conflictos fronterizos, por ser tramo obligado para avanzar hacia el sur por tierra. En su parte patagónica, es una carretera ancha de ripio, de paisaje desértico, escasa vegetación y aridez extrema, que te hace sentir en medio de la inmensidad de la naturaleza e insignificante, como si te desplazaras en dirección a la nada más absoluta, atrapada en una densa capa de polvo que se va entremezclando con tu propio sudor de tal forma, que puedes llegar a convertirte en parte de la ruta.
Un camino ideal para ir en un vehículo alto y con ruedas idem, para que las olas de ripio se asemejen a pequeños montículos y compensar aquél sinsentido, conservando la esperanza de que aparezca algo en el horizonte, sea oasis o espejismo, que te saque del monótono traqueteo o maravillosa inmensidad, según se mire.
La Austral es una carretera muy diferente. Nada más cruzar la frontera, de los Antiguos a Chile Chico, entramos en contacto con ella, una estrecha vía que se abría camino por una naturaleza exuberante: bosques, fiordos, ríos y lagos. Una ruta que en su día facilitó el acceso a zonas inexploradas del territorio chileno, al transitar la parte más inhóspita del país, donde el espacio material para circular es apenas un sendero.
Discurre sorteando desniveles, en la penumbra de su propia frondosidad y bajo la densa cortina acuática que suele acompañarte al recorrerla, dándote la sensación de estar sumergida en ella.
En aquella zona, llueve 300 días al año y esos días no fueron la excepción. Viajábamos como si estuviéramos dentro de un túnel de lavado, desplazándonos con mochila incluida y en constante traqueteo, a veces a pie y a veces a motor. Con los árboles encargándose de frotarnos para asegurar una limpieza perfecta. Con breves paradas para repostar y resolver el último desvarío del camino. A ritmo de curvas, socavones y puentes. Una carretera sólo apta para vehículos pequeños de gran giro, capaces de esquivar inundaciones, baches y derrumbamientos.
Viajar en grupo nos hizo el trayecto más llevadero, porque no era fácil moverse entre tantos obstáculos, cambiando de hospedaje cada día, con toda la ropa mojada y sin ocasión para mucho más que permanecer en la ruta empapados, esperando solucionar los contratiempos.
La Carretera Austral nace en Puerto Montt y continúa hacia el sur por la parte continental, uniendo la décima región chilena con la undécima, denominada Aisén y de la que hasta los telediarios se olvidan en ocasiones. Si las inclemencias meteorológicas con sus consiguientes destrozos se lo permiten, llega hasta Puerto Yungay, aunque no siempre por tierra firme, sino sorteando el sinfín de agua que pretende inundarla con los abundantes transbordadores disponibles.
El país tiene otra región más al sur: la duodécima o Región de Magallanes y de la Antártica Chilena, de la que yo venía y que no tiene conexión terrestre con el resto del país. A ella pertenecen Puerto Natales y Punta Arenas –esta última nada menos que 2.300 kilómetros al sur de Puerto Montt.
La otra carretera que recorre el territorio chileno es La Panamericana, todo un referente para mí. Tiene 22.000 kilómetros y acompaña a los Andes desde Norteamérica hasta el sur de Chile por la vertiente del Pacífico, atravesando trece países y toda la parte continental de Chile hasta Puerto Montt. Al llegar, cruza en el trasbordador el Canal Chacao para atravesar la Isla Grande de Chiloé hasta el Hito Cero, al sur de la isla, en Punta Lapa, Quellón.
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.
Los Antiguos (Argentina) es un pueblo situado a orillas del Lago Buenos Aires. Un lugar que me pareció alegre, por contraste con la inhóspita la Ruta 40 de la que venía.
El lago dejaba sentir su presencia hasta en la brisa y, como necesitaba hinchar mis pulmones y desintoxicarme del traqueteo de los días anteriores, aproveché ese domingo tranquilo, donde todos parecían estar echando la siesta, para hacer una caminata hasta allí y reponer pilas.
Al día siguiente, me dispuse a cruzar la frontera a Chile Chico, a una media hora de allí y en la misma orilla del lago, que en Chile se llama Lago General Carrera. Para llegar hasta Coyhaique, donde dormiría con mis compañeros de viaje de entonces, tendríamos que cruzar primero el lago en transbordador. La lluvia, que ya nos acompañaba desde la frontera, se volvió tormenta justo cuando lo atravesábamos, provocando un intenso oleaje. Sin embargo, a pesar del temporal, me sentí reconfortada tras los áridos días precedentes.
En Los Antiguos había una gran variedad de fruta, asequible en cualquier chacra de la zona (casas con huertos frutales). Antaño había aún más, pero las cenizas del volcán Hudson destruyeron gran parte de esos huertos, cuando entró en erupción en 1991 del otro lado de la frontera (Chile). Un acontecimiento que dañó la zona y mermó el futuro económico del lugar y del vecino Chile Chico. Esta segunda población fue mucho más afectada que la primera y su aspecto de abandono es mayor. La emigración fue masiva tras la erupción del Hudson, pasando a ser la principal fuente de ingresos el dinero que envían los que se vieron obligados a marchar entonces.
Nos entretuvimos muy poco allí, justo el necesario para tomar el trasbordador del Lago General Carrera y continuar la Carretera Austral hacia Coyhaique (hacia el norte).
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.
Aunque esta entrada está dedicada al Presidio de Ushuaia, no he podido evitar vincularla a otros entornos mucho más inspiradores que conocí en la ciudad del Fin del Mundo, como por ejemplo, «Valle de Lobos». Un lugar lleno de la energía propia de la mágica ciudad, en la que pronto empiezas a creer en los sueños, el primer paso para conseguir que se realicen. Una convicción que seguramente tiene mucho que ver con mi reinvención posterior.
Gato Curuchet es un personaje muy representativo de esa realidad:
Valle de Lobos – Institucional – Ushuaia -Argentina – from Ignacio Leonardi on Vimeo.
El vínculo de «Valle de Lobos» con el Presidio de Ushuaia no es muy fuerte, la verdad, simplemente que en el Restaurante «Volver» de la costanera, dónde compartimos cena con el dueño del criadero de Huskies, había una foto gigantesca del «Petiso Orejudo» y fue un tema que formó parte de nuestra conversación. Me sorprendió el adorno, al haber conocido su historia en la visita al Presidio.
El presidio Ushuaia está vinculado a los orígenes de la ciudad, allá por 1884, una época gris en la que el lugar fue sinónimo de destierro y los presos fueron su mano de obra principal. Ellos hicieron posible la instalación de la luz eléctrica, el acondicionamiento de los muelles, la apertura de la Ruta 3 y el trazado del Tren del Fin del Mundo.
El presidio se cerró en 1947 y contagia una gélida sensación que invade el ánimo con el imborrable dolor del que han sido testigo sus paredes. La perpetua reclusión de esos penados, algunos muy célebres por sus maldades, fue la razón de existencia de la urbe durante mucho tiempo. Hasta que en los años setenta, los incentivos fiscales atrajeron empresas, nuevos pobladores y turismo.
Actualmente la cárcel es un museo y uno de los pasillos de celdas ha sido acondicionado para las visitas. Los presos más célebres aparecen caricaturizados en pequeñas figuras que decoran esa galería, compensando en parte la carga negativa del lugar. No estuvimos demasiado tiempo visitando el penal, pero sí el suficiente para oír hablar del «Petiso Orejudo», ese abominable asesino múltiple de niños cuyo espectro dicen que vagó amenazante muchos años después de sus horrendos crímenes.
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.


Ushuaia es un lugar con una energía especial, muy singular por su combinación de mar, montañas y bosques. Está rodeada por el cordón montañoso Martial y bañada por el Canal de Beagle, que la enfrenta por el sur a la chilena Isla de Navarino.
Los yámana –antiguos pobladores del sur de la Tierra del Fuego- denominaban aquella bella bahía protegida de los vientos y rodeada de montañas: Ooshooia u Ouchouaya -“bahía que penetra hacia el poniente” o “bahía hacia el fondo”.
El norte y centro de la Isla Grande era el territorio antiguamente poblado por los selk’nam, también conocidos como onas: nómadas pedestres y cazadores de contextura fuerte que basaban su economía en el guanaco -mamífero rumiante y salvaje que habita en las proximidades de los Andes- tanto para alimentarse como para vestirse, pues se envolvían con sus pieles. El cuero también era útil para la vivienda: un simple paravientos sostenido con palos que después trasportaban doblado a la espalda. Junto a sus casas ardía el fuego permanentemente, lo que dio origen al nombre de la Isla Grande cuando llegaron los colonizadores: Tierra del Fuego.
La cordillera era la frontera natural entre el territorio de los ona y el de los pobladores del sur, los yámana que vivían volcados en el mar y donde estaba la esperada Ushuaia. A 80 kilómetros de Ushuaia, en la orilla norte del Canal de Beagle, se encuentra la Estancia Harberton, una histórica casa que todavía está habitada por los descendientes de Thomas Bridges, su propietario. La llegada al lugar la anuncian los deformados árboles bandera (una foto obligada de los alrederores de Ushuaia), a consecuencia del fuerte viento de la desprotegida zona.
La Estancia se hizo célebre cuando Lucas, hijo de Thomas Bridges, publicó unas memorias de infancia fascinantes, relatando sus vivencias con yaganes y onas. Su padre fue uno de los pioneros fueguinos -misionero de las islas Falklands- y aprendió a hablar el idioma de los yámana -vocablo que significa “hombres o vivo”. Fue él quien denominó yaganes a estos nómadas acuáticos, porque el centro de su territorio estaba ocupado por el Canal Murray, yagha-shaga en lengua nativa. La palabra ona en cambio, es la designación yámana de los selk’nam y significa “gente o vientos del norte”.
Los yámana eran nómadas que se desplazaban en grupos familiares, de seis a siete miembros, habitando la mayor parte del tiempo en canoas de lenga o guindo. Las mujeres eran las responsables de llevar la canoa con los remos, los hombres cazaban o pescaban y el resto del grupo achicaba el agua, que se filtraba por las uniones de la canoa, o avivaba el fuego que ardía en el centro, sobre piedras, arcilla y tierra.
La mujer era la encargada de amarrar la canoa al volver a tierra y, para ello, tenía que bucear en las aguas heladas. Sólo ellas nadaban y solían hacerlo con una niña a sus espaldas a modo de adiestramiento, y también buceaban en busca de moluscos.
Uno de aquellos días, navegando por el Canal de Beagle, en el trayecto de vuelta desde el faro, desembarcamos en un islote. Un espacio en el núcleo del territorio yámana, cuyo hábitat comprendía los dos márgenes del Canal de Beagle y los canales adyacentes hasta el Cabo de Hornos e islas cercanas.
Disfrutábamos del paisaje a la intemperie, en un entorno totalmente desprotegido del viento, repleto de restos de crustáceos y esqueletos de aves y peces. Con una resistente vegetación y unas algas flotantes gigantescas que para los chilenos -mucho más volcados en los frutos del mar que los argentinos- son comestibles.
La base de la dieta yámana eran las focas o los lobos marinos y para cazarlos, utilizaban lanzas con arpones de huesos aserrados. También consumían pingüinos, ballenas, peces y mariscos. Capturaban aves y solían recolectar hongos, frutos y raíces.
Uno de los pocos recuerdos que adquirí, ya que con la indumentaria de mochilera no me podía permitir demasiadas compras, fue un pergamino con una mapa antiguo de la bahía (la foto de arriba) y dos pequeñas máscaras que estaban hechas con madera de lenga y pinturas naturales -como las originales pero en un tamaño muy reducido.
Una de las máscaras era selk’nam y representaba a Matan, la otra era yámana y representaba a Hani Yaka. Matan era el bailarín mágico, un espíritu transmisor de alegría que hace su aparición en la ceremonia del Hain con grandes saltos verticales y brincos laterales. Muy esperado por bajar desde el cielo haciendo acrobacias.
Los selk’nam manifestaban su vida espiritual en esa ceremonia. Uno de los objetivos principales de la misma era la iniciación de los jóvenes varones; el segundo, permitir la formación de nuevas parejas de diferentes territorios o cielos; y el último, aterrorizar a mujeres y niños para reforzar el patriarcado, con la aparición de espíritus representados por hombres ya iniciados.
Hani Yaka por otro lado, era el dador de energía, un espíritu bien intencionado que descendía para ayudar a los hombres durante sus cantos, renovando sus fuerzas y su energía. Los yámana mostraban su espiritualidad en la ceremonia del Kina, que también contaba con un ritual de iniciación que, a diferencia de los selk’nam, incluía a las jóvenes mujeres.
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.

En diciembre de 2001, la televisión mundial retransmitía imágenes desalentadoras de Argentina, a raíz del corralito -como denominaron las medidas político-económicas que tomó el gobierno del país en ese momento.
Tras años de paridad con el dólar, el gobierno había convertido las cuentas en dólares a pesos argentinos –pesificación. Una medida que, junto con la devaluación posterior de la moneda y la poca disponibilidad de efectivo ante la imposibilidad de atender a los depósitos, volvió el contexto económico muy crítico.
Sucedieron entonces los cacerolazos, la reacción inmediata a unas decisiones impopulares, que fueron declaradas inconstitucionales un año después. En aquel entonces, tuvo lugar el desfile presidencial, tras días de repique a lo largo y ancho del país, en los que la consigna coreada era: “¡Que se vayan todos!”.
En diciembre de 2001, dimitió Fernando de la Rúa, dos años antes de concluir su mandato, y tras él, en menos de quince días, desfilaron tres presidentes más: Puerta, Rodríguez Saa y Camaño. Por último, Eduardo Duhalde fue elegido en Asamblea Legislativa y permaneció en el poder hasta que el nuevo presidente, Néstor Kischner, fue elegido en las urnas a mediados de 2003.
Para intentar paliar las consecuencias de la falta de liquidez y facilitar operaciones monetarias, se habían creado dos “pseudo-monedas”: los patacones y los lecops. Estos últimos podían ser A o B, dependiendo del período de validez. Muchos cobraban su salario íntegramente en esos “papelitos” y los comercios se reservaban el derecho de aceptarlos o no.
Eran habituales los letreros informativos: “Aceptamos patacones y lecops”, o todo lo contrario. Además, circulaban muchos billetes falsos, que llamaban truchos.
Por último, por si todo esto no era suficientemente complejo, estaban los arbolitos[1].
Entrar en Argentina en esos momentos, te proporcionaba de inmediato una buena dosis de realidad. Cuando por fin conseguías dinero en efectivo y tenías un billete grande para pagar, dado lo caótico de la situación y la falta de líquido, se formaba una cadena de intercambios de moneda para facilitarte el cambio correcto, en la que todos colaboraban. Entonces, era importante estar muy atenta para conseguir sencillo (billete pequeño) libre de patacones, lecops, truchos u otras mercancías sin interés.
La paridad con el dólar fue una medida económica arriesgada que se tomó en Argentina en 1992 a propuesta de Jorge Cavallo, ministro de economía de Carlos Menem, que era el presidente entonces.
Una situación que acostumbró a los ciudadanos a vivir por encima de sus posibilidades y fomentó la destrucción de la industria, porque no podían ser competitivos, lo que favoreció la desinversión y el incremento de la deuda externa. Era más barato viajar que quedarse en casa, consumir productos extranjeros que nacionales y más conveniente ahorrar en dólares que en pesos argentinos.
Si además podías reexportar ese ahorro en dólares, mejor que mejor, porque la idea subyacente en la mente de todos era que tu ahorro estaba más seguro fuera del país. Ficticia paridad y efímera ilusión a la que sí cabe reconocerle un beneficio: el control de la hiperinflación del período anterior.
La dolarización había sido una huída hacia delante en toda regla, mientras estuvo en vigor. Diez años después, con el corralito de finales de 2001, se deshacía esa medida, con la pesificación, a un coste excesivo para sus ciudadanos y con el país hipotecado por la deuda externa acumulada.
Se inició bruscamente un nuevo período económico, social y político, en que una buena parte de la extensa clase media argentina, pasó a condiciones de pobreza.
Los personajes políticos, sin embargo, seguían siendo los mismos y eso, junto con la falta de planes de futuro en las fechas en que nos encontrábamos -mediados de febrero- no sólo creaba desconfianza sino que hacía que muchos de los presentes, en su desesperación, imaginaran una acción violenta como la única vía de solución, ya que la corrupción de los políticos parecía ser la principal causa histórica de los males del país.
[1] arbolitos: los que especulaban con el cambio en el mercado negro. Los llamaban así porque permanecían “plantados”, es decir, de pie en plena calle, al margen de la climatología, y porque disponían de verdes dólares.
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela «Pasaporte a la Reinvención«, que es una novela testimonial de reinvención y viaje, disponible en formato eBook (Códice Ediciones) y papel (Amat Editorial). Puedes adquirir ambas versiones online, haciendo clic a continuación:
De regreso de Las Torres, ya de vuelta en el Refugio Chileno, unos alpinistas que esperaban para escalarlas al día siguiente, me enseñaron cómo distinguir la célebre constelación de la Cruz del Sur -que sólo se observa en el hemisferio austral, del mismo modo que la Estrella Polar sólo es visible en el hemisferio norte. También me mostraron el Cinturón de Orión, de gran ayuda para localizar la primera, por estar ambas constelaciones enfrentadas.
Por último, me indicaron el modo de calcular la posición exacta de Polo Sur, a partir de la Cruz: identificando su estrella más brillante –“Acrux”, que es el pie del eje principal de la misma- y prolongando desde ese punto, cuatro veces y media el tamaño de ese eje principal, sobre la línea vertical que lo une al horizonte. Por su proximidad al polo celeste, la Cruz del Sur gira alrededor del mismo pero el eje de ese giro es precisamente el brazo mayor de la Cruz y no hay confusión posible.
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.

En mi primer viaje a Chile, conocí Santiago y estuve en las tres casas de Pablo Neruda, todas peculiares. “La Chascona” en el mismo Santiago, una fiel representación de un barco. “La Sebastiana” en Valparaíso, encaramada en la montaña como la propia ciudad, rebosante de colorido y con gran perspectiva sobre el Pacífico. Y por último, la casa de Isla Negra, casi dentro del mar, recreando la sensación de estar navegando. Tres casas relacionadas con la inspiración del poeta y su pasión por el mar, aunque él reconociera marearse y se autodefiniera como “marinero en tierra”.
«Para que tú me oigas, mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas.» dijo Pablo Neruda, y algo así me ocurrió al visitar sus impresionantes casas. Me interesé por su vida y supe que sus restos descansan en la casa de Isla Negra, y que murió doce días después del golpe militar del 11 de septiembre de 1973, en que se inició la cruenta dictadura de Pinochet con el bombardeo a la Casa de la Moneda, la sede del gobierno chileno.
Murió de un infarto, a pesar de que llevaba tiempo enfermo de cáncer. Su corazón no pudo resistir el curso de los acontecimientos que precedieron la etapa más negra de la historia del país. En el asalto murió Salvador Allende, el presidente electo, suicidándose tras pronunciar su célebre discurso a través de Radio Magallanes:
… sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde,
se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre,
para construir una sociedad mejor.
Hace tiempo volvió la libertad a ese magnífico país. Con respecto al poeta y Premio Nobel, su legado es tan inmenso que incluso circulan por la red escritos que se le atribuyen erróneamente, llamados «falsos Neruda», algunos de ellos muy extendidos… No te pierdas su obra y ¡ojo con eso!
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.
Puerto EdénNavegábamos hacia el sur y, al superar el área de la Isla Wellington, apareció Puerto Edén. Es un pueblo que subsiste en un entorno inhóspito favorecido por el tráfico marítimo.
Se trata de un enclave equidistante entre los dos grandes núcleos de población más próximos: Puerto Montt -de donde habíamos partido- y Puerto Natales -adonde nos dirigíamos- ambos a dos días de navegación.
A Puerto Edén sólo se puede acceder en barcaza, desde Caleta Tortel (situado donde termina la Carretera Austral), o desde el Navimag, donde nos encontrábamos fondeados en ese momento, una parada habitual de unos minutos en el trayecto del barco, dos veces por semana en verano. Haz clic aquí para ver algunas fotos de la zona y alrededores.
En Puerto Edén convive la población indígena -una decena de kawésqar– con una heterogénea población no autóctona, entre la que se distinguen los chilotes (población de Chiloé) del resto, incluso en términos lingüísticos.
Los contactos entre kawésqar y chilotes se remontan a la época en que proliferaba, libremente y sin control, el comercio de pieles de mamíferos marinos. Aunque no fue hasta mucho después, al incorporarse los colonos de Chiloé a la zona, por la instalación de dos puestos militares, que adoptaron su sistema de vida, alimentación y vestuario. Con el tiempo, sustituyeron el trueque por el dinero y desarrollaron el bilingüismo.
Los kawésqar habitan en barcazas, su núcleo es la familia y este tipo de hábitat les ha hecho desarrollar características peculiares. Tienen una estructura social sin clanes ni jefes y una mentalidad nómada, sin noción de posesión de tierras. Es el único grupo étnico en Chile que nunca tuvo conflictos territoriales y al que le resulta del todo ajeno, el beneficio que les aportaría la propiedad de un canal.
Los miembros más jóvenes son los más predispuestos a la integración, que a veces pasa por la emigración como único medio de conseguirlo de forma completa, algo que la comunicad suele recibir con incomprensión. Dicha circunstancia, junto con sus pobres condiciones de subsistencia, ha favorecido su desplazamiento hacia Punta Arenas y Puerto Natales, donde hay grupos de kawésqar urbanos, dedicados a la artesanía o a la pesca en cuadrillas.
¿Te interesa conocer mi viaje iniciático completo, a través de mi novela testimonial «Pasaporte a la Reinvención”? La tienes a un sólo clic.