¿Viaje iniciático? ¡Súbete a mi barco!

Mi barco tiene el número 5 y es el que aparece en éste cuadro, no es un barco tradicional sino el del fluir de la vida. Ése al que me subí en 2001 y del que que todavía no me he bajado: el de mi reinvención.

Un día como hoy de hace diez años, me encontraba en un micro rumbo a Ushuaia desde Punta Arenas. Me dirigía hacia el primer objetivo de un viaje sabático en el que ya llevaba algo más de un mes inmersa: Isla Grande de Tierra del Fuego,adonde llegaría atravesando el Estrecho de Magallanes en el trasbordador de Punta Delgada. El micro iba deshaciendo el recorrido que había hecho dos días antes, cuando llegué a Punta Arenas desde Rio Gallegos y atravesé la frontera a Chile en Puerto Aymond. Entonces me había quedado como hipnotizada al ver el Estrecho a mi izquierda, tras horas viajando por un territorio de aridez  extrema.

La visión refrescante del Estrecho había sido la primera manifestación del mar que inspiró las historias de SepúlvedaColoane, a los que tanto había leído a raíz de mi primera visita a Chile. Un mar que discurría por latitudes ajenas, la de los intrépidos aventureros que se atrevieron con confines que yo ni siquiera soñaba visitar por aquel entonces. Mi sensación era de irrealidad, como si me fuera introduciendo en un mundo de fantasía, mientras me desplazaba como un punto diminuto sobre el mapa, a punto de alcanzar el borde de la tierra.

Ahora volvía a dirigirme a Punta Delgada, aunque viajaba con el Estrecho a mi derecha y  con la intención de cruzarlo para desembarcar en la Isla. Una vez allí, sellaría el pasaporte otra vez, en ese continuo zigzag entre Chile y Argentina. Esta vez sería en la avanzada de San Sebastián, un desolado lugar costero a medio camino entre las poblaciones más próximas de los dos países que comparten la soberanía de la Isla: Porvenir y Río Grande. Después continuaríamos hasta Tolhuin, justo en el corazón de la Isla y ya en Argentina, en la cabecera del Lago Fagnano.

Necesitaba moverme y una vez en Tolhuin, tras once horas sentada en el micro y guiada por el buen olfato que me caracteriza para la comida, prácticamente salté en dirección a una pastelería que había visto al pasar. Era enorme y tenía aspecto de ser un centro social. Disponía de todas las variedades culinarias típicas de argentina, y resultó una delicia para estómago y espíritu volverme a encontrar en aquél país que me sabía alimentar tan bien: “Argentina me alimenta” decía a menudo entonces, porque allá donde iba, siempre aparecía alguien me ofrecía alguna empanada o factura, con el consabido mate.

Norma, una española que había conocido en el viaje, se unió a mí allí dentro y para nuestra sorpresa, justo cuando íbamos a pagar nos hicieron un buen descuento, por cortesía de la casa. Se ve que el dueño era gallego –es decir español- y, aunque no lo conocimos, nos dijeron que tenía la buena costumbre de hacer descuento a todos los paisanos que paraban en su local. Justo en ese momento lo estaba entrevistando una periodista, también gallega, que estaba de paso como nosotras.

Al continuar el recorrido, el micro se detuvo de repente, justo en el punto más alto del recorrido y con una excelente perspectiva del Lago Fagnano. Se averió en el preciso momento en el que cruzábamos la cordillera de los Andes, que en esa latitud está totalmente girada, orientada de este a oeste. El conductor y el copiloto se apresuraron a abrir el motor dejándonos encerrados dentro, así que volví a mi asiento dispuesta a tomármelo con calma.

Norma sin embargo, optó por el modo “sálvese quien pueda”, asomándose de ventana en ventana para conseguir otro vehículo hasta Ushuaia, a unos sesenta kilómetros todavía. Gracias a ella y antes de que los improvisados mecánicos se hubieran pronunciado siquiera, nos socorrió Lina, la periodista “gallega” que estaba en Tolhuin, conduciéndonos a cinco de nosotros a nuestro ansiado  destino. Además, nos amenizó el trayecto con una animada conversación, dedicada a ponernos al día sobre todas las informaciones locales de interés: sobre Ushuaia y sus habitantes contemporáneos.

Al llegar y ya por mi cuenta, indagué un poco en la historia de sus antiguos pobladores. El norte y centro de la isla era el territorio antiguamente habitado por los selk’nam, también conocidos como onas. Nómadas pedestres y cazadores de contextura fuerte que basaban su economía en el guanaco (mamífero rumiante y salvaje que habita en las proximidades de los Andes), para alimentarse y para vestirse, pues se envolvían con las pieles. El cuero también era útil para la vivienda, un simple paravientos sostenido con palos que después trasportaban doblado a la espalda. Junto a sus casas ardía el fuego permanentemente, lo que dio origen al nombre de la Isla Grande al llegar los colonizadores. La cordillera era la frontera natural entre el territorio de los ona y el de los pobladores del sur, los yámana que vivían volcados en el mar y donde estaba la esperada Ushuaia. Los yámana denominaban a aquella bella bahía protegida de los vientos y rodeada de montañas Ooshooia u Ouchouaya: “Bahía que penetra hacia el poniente” o “bahía hacia el fondo”. Una descripción que podría servir también para los corazones.

CONTINÚA en  “Pasaporte a la Reinvención”

23abr12 >> Esta entrada es un fragmento de mi libro (todavía inédito pero que ya se está cociendo y pronto estará en el mercado): Pasaporte a la Reinvención.

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10 Respuestas de "¿Viaje iniciático? ¡Súbete a mi barco!"

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