Más allá de los lamentos

“Os propongo ayuno de lamentos”, decía La Contra de la Vanguardia hace unos meses. Era una entrevista a Alejandro Lorente -terapeuta, médico naturista y docente- que podéis ver al clicar aquí de la que me quedó grabado su acertado titular, lo que me ha hecho muy fácil recuperarla.

Los telediarios, que aún conservo la mala costumbre de seguir, y mi propia dedicación vinculada a la situación laboral, me tienen habituada a una buena dosis de quejas diaria, lo que me ha ayudado a desarrollar cierta habilidad para dar la vuelta a las situaciones y afrontarlas con entusiasmo, centrada en lo que puedo hacer para mejoraras y en el camino hacia adelante. Sin embargo, hace unos días el nivel de lamentos excedió lo habitual y pude percibir con claridad su energía queriéndome arrastrar al terreno del “no se puede”, “es imposible” y “no vale la pena intentarlo”. En definitiva, la energía del lamento.

Me pilló desprevenida, porque provenía de un grupo de personas tan jóvenes que no me lo esperaba. Ni siquiera habían necesitado que les sucediera nada en concreto, ya que parecía estar instalado en su ánimo y en cada cosa que se planteaban. Pude observar como el desánimo reinaba entre ellos: “no puedo”, “no podré” y “no lo voy a intentar siquiera”. Una energía que condiciona su presente y también su futuro, el nuestro.

En aquel momento, el grupo aparecía unido por la emoción del quejido. Se iban contagiando y cediendo su sonrisa a cambio de una triste mueca compartida,  renunciando a sus ganas de hacer algo con sus vidas en favor de la parálisis del lamento sin fin, y a cambio de pertenecer a algo. Un efecto contagioso que se fue propagando por la sala sin que yo pudiera hacer nada por detenerlo o contrarrestarlo, porque los dotaba de una apariencia de fortaleza, alrededor del sentimiento compartido, arrastrando las ilusiones que encontraba a su paso.

No me gustó observarlo, tan integrado entre jóvenes que todavía no habían tenido tiempo a experimentar o equivocarse, o al menos entre parte de ellos. Era una energía que afectaba su vitalidad y su forma de afrontar la vida, más que obedecer a la cruda realidad. Seguramente por su constante exposición a noticias y experiencias desagradables, aunque fueran de otros.

Por eso, corrí a recuperar la entrevista de La Contra, que decía: “Los problemas más traumáticos son más fáciles de solucionar que los de personas que no han tenido ningún trauma, que simplemente sufren de vacío existencial, el mal de Occidente, el continente quejumbroso. El subconsciente no distingue entre la realidad y la ficción y eso debería jugar a nuestro favor, no en nuestra contra. Se trata por lo tanto, de visualizarnos orgullosos de nosotros mismos y sintiéndonos agradecidos por lo que tenemos, impulsando el cambio y promoviendo el humor en nuestra vida.”

Creo que necesitamos herramientas para no seguirnos contagiando unos a otros de tanta impotencia, para no seguir haciéndole esto a nuestros jóvenes. Necesitamos fórmulas que nos ayuden a transmitirles que “se puede“, “lo conseguiremos” y “hay un camino hacia adelante”. Necesitamos métodos que dejen de bloquear la acción propia y la ajena, que nos animen a saltar a pesar del miedo. Necesitamos discursos que dejen de proporcionarnos excusas para no actuar, para no hacer, discursos que nos ayuden a avanzar. A continuación, os ofrezco algunas de las joyas del artículo referenciado:

 1) Receta: Dedica sólo un minuto al día de conectarte a una emoción que te llene, que puede estar asociada a una música, a una imagen o a un pensamiento. La emoción nos transforma a nivel neuroendocrino, cambiando la cascada hormonal.

2) Seguir la estrategia del minuto: mantén el hábito anterior sin pausa, al menos durante 21 días seguidos, porque es lo que necesita el cerebro para crear una sinapsis. Cuando dejas de quejarte tu mente y tu cuerpo cambian.

3) Corregir la postura: Si caminas con la cabeza erguida es más difícil anclarse en situaciones depresivas.

Puede ayudar ponerse una pulsera para recordar los 21 días sin quejarte. Si te quejas la cambias de muñeca y vuelves a empezar. Si dejas de nutrir el pensamiento con palabras negativas cambia tu estructura emocional y consecuentemente, la estructura hormonal y el sistema vegetativo. No se trata de cambiar tu vida, sino de dedicar un minuto a conectarse con algo relajante, un minuto de respiración consciente es mejor que estresarse para meter en la agenda una hora de yoga. Hay que evitar el punto de no retorno, el que hace segregar adrenalina y cortisona.

¡Feliz camino! Y para terminar, os incluyo un video de Fito Páez, con su canción “Detrás del Muro de los Lamentos”, uno de los autores que inspira mis minutos de emoción:

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5 Respuestas de "Más allá de los lamentos"

  • Josep Cortina dice:
  • María-José dice:
  • fel dice:
  • Laura dice:
  • María-José dice:
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